George Whitefield

George Whitefield fue uno de los más grandes predicadores de todos los tiempos. Representante de la Iglesia Metodista, recorrió las colonias americanas y encabezó el primer avivamiento evangélico en América, conocido como El Gran Despertar.

Sus comienzos

Whithefield nació el 16 de Diciembre de 1714 en Gloucester, Inglaterra, hijo de una mujer que enviudó cuando George tenía tres años de edad, de manera que su infancia fue pobre. A pesar de la condición familiar humilde, su madre procuró que adquiriese una buena educación. Pudo estudiar en el Crypt School de Gloucester y en el Pembroke College de Oxford. Para poder pertenecer a esta reconocida casa de estudios, debió entrar categorizado como “servitor”, lo que en la práctica significaba estar al servicio y la asistencia de otros estudiantes adinerados.
A pesar de que sus ocupaciones de servicio a sus compañeros ricos, apenas le dejaba tiempo para sus propios estudios, se hizo un lugar para formar parte del Holy Club, al que pertenecían, entre otros, nada menos que los hermanos Wesley.
Apasionado del estudio de las Escrituras, y además dotado de talento para el arte escénico, prontamente descubriría su vocación.

Primeros pasos en el Ministerio

En poco tiempo, cuando apenas contaba con 21 años de edad, ya era un ministro de la Iglesia de Inglaterra en la Crypt Church, en Gloucester.
Su primer sermón, al domingo siguiente de ser ordenado, causó impacto en los presentes. La mayoría se mostró conmovida, mientras que algunos mostraron un fuerte rechazo a este encendido predicador. Así es que sus primeros pasos no serían para nada fáciles.
En ocasiones era insultado por algunos del público y hasta agredido con terrones. En Basingstoke fue agredido a palazos. En Moorfield destruyeron la mesa que le servía de púlpito y le arrojaron la basura de la feria. En Evesham las autoridades, antes de su sermón, lo amenazaron con prenderlo si predicaba. En Exeter, mientras predicada ante un auditorio de diez mil personas, fue apedreado de tal modo que llegó a pensar que le había llegado su hora y en otro lugar lo apedrearon nuevamente hasta dejarlo cubierto de sangre; Otras veces a causa del “disturbio” que podía generar, le vedaban el ingreso a los templos. Así que fue transformándose en un especialista en predicar en los campos.

En el año 1738 se embarcó rumbo a América, en donde lo esperaba un puesto como ministro en una congregación en Savannah, Georgia.
Luego de un año de servicio, regresó a Inglaterra impulsado por su llamado evangelístico. La vehemencia de sus mensajes y la cantidad de público que congregaba, lo transformó en un predicador “al aire libre”.
Las predicas de Whitefield avivaron el movimiento metodista en Inglaterra convirtiéndose o renovando sus votos miles de personas.


Los viajes misioneros
Whitefield realizó unos trece viajes a través del Atlántico, completando siete viajes misioneros a América.
A lo largo de su vida como predicador realizó entre veinte y treinta mil sermones. Se cuenta que en algunas ocasiones, las multitudes llegaban a un número de 80.000 personas. (Tan solo imaginemos que no existían equipos amplificadores). Además realizó numerosos viajes a otros países como Escocia, en quince oportunidades, Irlanda, las Islas Bermudas, Gibraltar y los Países Bajos. Se cuenta que estando en Bristol, Inglaterra, predicó a cerca de veinte mil mineros, conocidos por su mala reputación. Varios miles se convirtieron al Evangelio.

La resonancia de sus mensajes
Su mensaje claro y directo atraía a ricos y pobres, amos y esclavos. El propio Benjamín Franklin, uno de los padres de Estados Unidos, acudió en varias ocasiones a escucharlo. Whitefield y Benjamín Franklin se conocieron, y a pesar de sus irreconciliables diferencias, se hicieron grandes amigos. Franklin se transformó en uno de sus admiradores. En la autobiografía de Franklin, hay un destacado lugar a la memoria de George Whitefield.

La fama de Whitefield pronto se extendió por todas las colonias. Algunos periódicos, incluso reproducían sus prédicas, contribuyendo de esta manera a la difusión del Evangelio.
Whitefield y su contemporáneo Jonathan Edwards, fueron los máximos predicadores del siglo XVIII en América. Su labor provocaría el primer gran Avivamiento de la historia americana: El Gran Despertar. La llama del Evangelio había cobrado intensidad en cientos de miles de personas y reavivado a toda una nación.

Los últimos días
La reputación de Whitefield lo había transformado en uno de los formadores de opinión más respetados en América. No era un gran escritor ni teólogo, y tampoco un gran organizador como Juan Wesley, pero la potencia de sus mensajes era acompañada por una vida consecuente.

Whitefield notaba que su condición de salud no era buena. El 29 de Septiembre de 1770, se lo escuchó orar “¡Señor, si aún no ha llegado el fin de mi carrera, déjame ir a predicar y sellar tu Verdad una vez más al aire libre, entonces vendré a casa y moriré!”
Esa tarde predicó en Exeter, Massachussets: “¡Obras! ¡Obras! Un hombre podrá entrar al Cielo por obras tan pronto como yo descubra que se puede escalar a la luna con una soga de arena.” Luego de predicar partió rumbo a Newburyport para pernoctar en la casa de un pastor de la ciudad.
Durante la madrugada se despertó con una angustiante sensación de ahogo: "Me estoy muriendo" –dijo. Fueron sus últimas palabras.
El 30 de Septiembre de 1770, George whitefield, el Príncipe de los Predicadores al Aire Libre, entregó su alma al Señor.

El día de su entierro, las campanas de todas las iglesias de Newburyport doblaron y las banderas se izaron a media asta. Miles de personas concurrieron a despedirse frente a sus restos mortales. Tal como el lo deseaba, fue sepultado bajo el púlpito de la "Old South Presbyterian Church", la Iglesia de sus amores.


La fortaleza física de Whitefield
* Solía despertarse a las 4:00 a.m. y comenzaba a predicar a las 5 o 6.
En una semana predicaba 12 sermones o más y se pasaba de 40 a 50 horas en el púlpito.
* Whitefield se esforzaba tanto y predicaba con tal intensidad, que con frecuencia después de predicar sufría “una vasta descarga estomacal, usualmente con una considerable cantidad de sangre.”
* Benjamín Franklin estimó que la voz de Whitefield podía ser oída por más de 30,000 personas al aire libre—en una época en la que no había amplificadores.
* En su sermón de despedida en Boston, Whitefield atrajo 23,000 personas, más de las que vivían en la ciudad en esos días. Esta fue probablemente la multitud más grande que se había reunido hasta entonces en América.
* Predicó por lo menos 18,000 veces y se estima que le oyeron unas 10 millones de personas.
* El gran actor de teatro británico, Garrick, impresionado por la pasión de Whitefield, exclamó, “Daría cien guineas, si pudiera decir “¡Ooh!” como Whitefield.”
* En sus giras misioneras atravesó trece veces el océano Atlántico viajando siete veces a América y más de doce a Escocia, Irlanda, Bermudas y Holanda.
* En una carta a otro ministro escribió: “No temas a tu débil cuerpo; no moriremos hasta terminar nuestro trabajo. Los siervos de Cristo tenemos que vivir de milagro, si no, yo ya no viviría porque sólo Dios sabe lo que tengo que soportar diariamente. Mis continuos vómitos casi me matan y el púlpito es lo único que me cura.”
* Su consejo a los predicadores era: “Mientras más hacemos, más podemos. Cada acción fortalece el hábito. La mejor preparación para predicar el domingo es predicar todos los días de la semana.”
* Ante el consejo de sus doctores de no continuar su incesante actividad, Whitefield insistía: “Prefiero desgastarme que oxidarme.”
* A pesar de las tentaciones que venían con su gran éxito, su popularidad y el mucho dinero que levantaba en América y en Inglaterra, Whitefield nunca cayó en faltas sexuales o de dinero, ni tuvo afán por crear una denominación con su nombre. Su carácter reflejaba al de los santos bíblicos de los cuales hablaba, y su obra de compasión por los niños huérfanos lo mantenía casi siempre al borde de la quiebra.

Citas de Whitefield
* “Es mejor ser un santo que un conocedor. De hecho, la única manera de ser un verdadero conocedor es procurando ser un verdadero santo.”
* “Las épocas de sufrimiento son las épocas de más provecho para un cristiano.”
* “Cuando muera, deseo que en mi tumba diga: “Aquí descansa George Whitefield; sólo en el día final se sabrá que clase de hombre fue.”
La última oración de Whitefield Sep. 29, 1770: “¡Señor, si aún no ha llegado el fin de mi carrera, déjame ir a predicar y sellar tu verdad una vez más al aire libre, entonces vendré a casa y moriré!” Esa tarde, Whitefield predicó; a la siguiente mañana, murió.
La última exhortación publica de Whitefield “¡Obras! ¡Obras! Un hombre podrá entrar al cielo por obras tan pronto como yo descubra que se puede escalar a la luna con una soga de arena.”
Una anécdota verdadera
En mayo de 1750, después de oír predicar a Whitefield, John Thorpe y tres amigos fueron a imitarle burlonamente a una taberna. Cuando llegó su turno, Thorpe, tomó una Biblia, se subió a una mesa y gritó, “Si no os arrepentís, todos pereceréis.” De repente, fue impactado por la realidad de su pecado y allí mismo se arrepintió y comenzó a predicar de verdad. Dos años más tarde llegó a ser uno de los predicadores itinerantes de John Wesley.

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